Hemos perdido pues la capacidad de mirar hacia adentro. De ahí la importancia de recordar que existen personas que se atreven a soñar todavía para hacer este necesario viaje introspectivo. Que por ello insisten en tomar un pincel para intentar, y en pocos casos, aunar a este acto un entendimiento cabal, con el objetivo de construir universos enteros en uno, dos o tres metros cuadrados de lienzo. Pues saben, con intuición errante, que el mundo es al mismo tiempo una fachada y un todo.


Como artista, Oscar Gerónimo se inscribe en esta periferia. Pues nos parece que su obra surge de una genuina inquietud personal por explorar la idea de la identidad como problema ontológico propio y ajeno y de cómo ésta se ha relacionado de manera causal e histórica con la imagen del rostro, pero, más que nada, y debido a la ya mencionada capacidad del hombre de esconderse de si mismo, de la máscara.


Es por ello que la máscara, tótem de lo individual así como de la otredad, es una constante en su carrera pictórica que ya abarca más de un lustro. Su aproximación además de ser franca y espontánea es desenfadada en el buen sentido de la palabra. Sus cromáticas y sus composiciones se nutren con entusiasmo de lo mejor de la vitalidad de Oaxaca, la tierra que lo vio nacer. Y por ello encontramos una iconografía que con los años gana en riqueza y donde estas máscaras conviven con fauna y flora (aves, armadillos, cangrejos, palmeras, árboles y frutos) de distintas procedencias contrapuestos a fondos de natural vitalidad.